Por nuestra parte, miramos dos
motivos que se encuentran tras algunos de las consecuencias señaladas
por Tullock en su ensayo. Estos dos motivos fundamentales son los marcos
institucionales y la educación.
Mencionemos muy resumidamente estos dos componentes tan contundentes que se suceden tanto en países nórdicos como en cualquiera que adopte las recetas del “Estado Benefactor”. En ambos casos, en última instancia, se trata de incrustar más clara y frontalmente el saqueo en la política.
Lo primero se refiere a la falsificación de la democracia y monarquías constitucionales convirtiéndolas en cleptocracias. Sin nuevos límites al poder, el sistema puramente electoral y sin el alma del respeto de las mayorías a los derechos de las minorías, se convirtió en una trampa mortal para las autonomías individuales. Con solo levantar la mano en el Parlamento, las alianzas y coaliciones arrasan con los derechos. En otras palabras, constituye un escándalo pavoroso que la respuesta a tanto desatino consista en quedarse de brazos cruzados esperando la demolición final. Es indispensable pensar en otros controles, por ejemplo, como los que hemos sugerido en base a las propuestas de otros autores.
El segundo punto es tener en un primerísimo primer plano la
importancia de la educación. Desde que tengo uso de razón se machaca que
ese tema es para el largo plazo y que debemos ocuparnos del presente,
sin percatarse que, precisamente, el presente está movido por los
valores y principios que hemos sido capaces de exponer, es decir, la
compresión y aceptación de los fundamentos de la sociedad abierta
depende de lo que ocurra en el ámbito educativo. Y no es cuestión de
declamar sobre las bondades de la educación sino de proceder en
consecuencia y poner manos a la obra, sean países nórdicos o no. Es la
tarea dura y no saltearse etapas y ocupar cargos políticos que por más
que se simule “meterse en el barro” es para la foto y los halagos del
poder.
Es imperioso ocuparse de marcos institucionales libres y de la educación en los valores de la sociedad abierta y no estar como los gobiernos venezolanos y argentinos en la búsqueda de enemigos en quienes endosar la responsabilidad de sus fracasos tal como aconsejan hacer autores totalitarios como Carl Schmitt y Ernesto Laclau para distraer la atención de los verdaderos problemas y arrear con estrépito a los aplaudidores sin dignidad ni autoestima.
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