Pocas veces una descripción me ha resultado tan clara y tan
ajustada a lo que pienso, como así también tan descriptiva de nuestro inefable,
inenarrable, indecible corrupto y mafiosos peronismo.
Saludos
Fascismo
El fascismo perdió la guerra en Europa pero la
ganó en Argentina. En España el fascismo murió con Franco, en Portugal con
Zalazar, en Italia con el Duce, en Alemania con el Führer.
Por supuesto que quedaron resabios: el
neonazismo en Alemania y en Austria; Le Pen en Francia y nostálgicos en todos
lados. Aquí, en la Argentina, el general Perón no solo dio asilo a criminales
de guerra y jerarcas alemanes, italianos, croatas y franceses; no solo recibió
a manos llenas el oro nazi entregado a cambio de impunidad con flamantes
pasaportes argentinos, sino que dio nuevos bríos a una ideología perversa,
perpetuada en la Argentina gracias a que él sembró el huevo de la serpiente
totalitaria.
La palabra fascismo ha sido usada como sinónimo
del extremismo de derecha, pero en realidad no reconoce lateralidad; hay
fascismo de izquierda y de derecha, porque el fascismo es la prepotencia
aplicada a cualquier ideología. El fascismo es la búsqueda del poder hegemónico
avasallando a los demás poderes, con violencia, intimidación o simplemente
comprándolo.
El fascismo es intolerancia. Es el conmigo o “sinmigo”,
el ataúd quemado, “al enemigo ni justicia”, y también es el Congreso convertido
en una escribanía, el sometimiento del poder judicial, la persecución
mediática, la imposición del relato histórico y la falta de restricciones para
“marcar la cancha”.
Republicanismo, Sra. Presidenta, es
justamente “marcar la cancha”.
Fascismo es imponer los precios con un revolver
sobre la mesa de negociaciones o repartir guantes de box en una asamblea de
accionistas. Fascismo es mentir índices y comprar voluntades con dinero
prestado que nadie devuelve.
Entre el fascismo y la corrupción hay una íntima
comunión, porque para ser corrupto debe importarte un bledo la persona que
tiene en frente.
Cuando se aprovecha de los dineros del Estado en
beneficio propio, cuando la obra pública es el medio de enriquecerse y no de
agrandar la nación, el fascista culmina su tarea de desprecio.
El fascista usa el dinero de las arcas
gubernamentales para comprar voluntades primero con actos discrecionales. Se
vuelve populista para perpetuarse en el poder, no porque “ame al pueblo”, ya
que maneja a las masas aprovechándose de su precariedad, manipulando su
ignorancia, sin intención de elevarla, sólo arrastra el vuelo ramplón y
adocenado de una mayoría que maneja a golpes de efecto, con gritos histéricos y
escenificaciones montadas con calculado desinterés.
Los fascistas construyen obras monumentales,
disfrazan los excesos y de paso con esos edificios faraónicos resaltan la
omnipotencia del Estado. La gente se siente intimidada por la magnificencia de
la construcción y de esta forma el gobierno fascista domina psicológicamente al
hombre común, empequeñecido frente a la omnipotencia edilicia.
La novedad de este fascismo en su variante
argentina, es la desmesura en el gasto, porque han aprendido que la fiesta de
ellos la pagarán los que siguen. El pueblo sufre una amnesia profunda que le
impide distinguir entre víctimas y victimarios. Enfrentados con la adversidad
“el pueblo” no se va a percatar que el problema fue el derroche precedente.
En el eterno presente de las masas, la culpa será
del que sigue y más de uno dirá “Que bien estábamos con Cristina”. Y así nos
va.
Y si esta actitud no se corrige, nos irá peor.
Omar López Mato Médico y escritor
Su último libro es “Ringo y Joe”
omarlopezmato@gmail.com
www.facebook.com/olmoediciones
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