«A principios del siglo la política estaba reemplazando a la religión
como forma principal de fanatismo. A juicio de los arquetipos de la
nueva clase, por ejemplo Lenin, Hitler y Mao Tse-tung, la política –es
decir la ingeniería aplicada a la sociedad con fines elevados– era la
única forma legítima de actividad moral, el único medio seguro de
mejoramiento de la humanidad. Este criterio, que hubiera parecido
fantástico en épocas anteriores, se convirtió hasta cierto punto en la
ortodoxia general: diluido en Occidente, en forma virulenta detrás de
la Cortina de Hierro y el Tercer Mundo. En el extremo democrático del
espectro, el fanático político proponía Nuevos Tratos, Grandes
Sociedades y Estados de Bienestar; y en el extremo totalitario,
revoluciones culturales, y siempre y por doquier Planes. Marchaban a
través de las décadas y los hemisferios: charlatanes, carismáticos,
exaltados, santos seculares, asesinos al por mayor, unidos en su
creencia de que la política era la curación de todos los males humanos:
Sun Yat-sen y Ataturk, Stalin y Mussolini, Jruschov, Ho Chi Minh, Pol
Pot, Castro, Nerhu U Nu y Sukarno, Perón y A. Nkrumah y Nyerere,
Nasser, el Sha Palevi y Gadafy, y por lo general acarreaban la muerte y
la pobreza. Hacia la década de 1980, la nueva clase gobernante en
general todavía estaba a cargo del gobierno; pero ya no sentía la misma
confianza. La mayoría, algunos muertos y otros vivos, ahora era
execrada en sus propios países. ¿Cabría abrigar la esperanza de que “la
era de la política”, como antes “la era de la religión” estuviese
acercándose a su fin?». Paul Johnson, Tiempos Modernos.*
*Javier Vergara Editor SA - 1988 - 736 págs.
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