sábado, 7 de febrero de 2015

A principios del siglo la política estaba reemplazando a la religión como forma principal de fanatismo

«A principios del siglo la política estaba reemplazando a la religión como forma principal de fanatismo. A juicio de los arquetipos de la nueva clase, por ejemplo Lenin, Hitler y Mao Tse-tung, la política –es decir la ingeniería aplicada a la sociedad con fines elevados– era la única forma legítima de actividad moral, el único medio seguro de mejoramiento de la humanidad. Este criterio, que hubiera parecido fantástico en épocas anteriores, se convirtió hasta cierto punto en la ortodoxia general: diluido en Occidente, en forma virulenta detrás de la Cortina de Hierro y el Tercer Mundo. En el extremo democrático del espectro, el fanático político proponía Nuevos Tratos, Grandes Sociedades y Estados de Bienestar; y en el extremo totalitario, revoluciones culturales, y siempre y por doquier Planes. Marchaban a través de las décadas y los hemisferios: charlatanes, carismáticos, exaltados, santos seculares, asesinos al por mayor, unidos en su creencia de que la política era la curación de todos los males humanos: Sun Yat-sen y Ataturk, Stalin y Mussolini, Jruschov, Ho Chi Minh, Pol Pot, Castro, Nerhu U Nu y Sukarno, Perón y A. Nkrumah y Nyerere, Nasser, el Sha Palevi y Gadafy, y por lo general acarreaban la muerte y la pobreza. Hacia la década de 1980, la nueva clase gobernante en general todavía estaba a cargo del gobierno; pero ya no sentía la misma confianza. La mayoría, algunos muertos y otros vivos, ahora era execrada en sus propios países. ¿Cabría abrigar la esperanza de que “la era de la política”, como antes “la era de la religión” estuviese acercándose a su fin?». Paul Johnson, Tiempos Modernos.*

*Javier Vergara Editor SA - 1988 - 736 págs.

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