Una interesante crítica/autocrítica de la Sociedad
Occidental.
Esta nota trae reflexiones, a mi juicio tan indispensables
como insoslayables, si queremos empezar a preservar lo más valioso de nuestra
cultura, la libertad y el respeto al otro; salvándola de la incuestionable
decadencia moral y mediocridad espiritual a que está sometida por un demoledor
materialismo vulgar, de pensamiento y costumbres.
Solženicyn, Charlie Hebdo y el destino de Occidente
Juanjo Romero, el 18.01.15 a las
6:25 PM
La semana pasada tuve la
suerte de participar en un interesante debate epistolar entredos de los catedráticos universitarios
que más admiro (omito sus nombres porque era un debate
privado). El tema era Charlie Hebdo, civilización occidental, libertad, islamización,…
Al final, las diferencias resultaron ser de matiz.
A mí, esa discusión me
recordó la célebre conferencia de Solženicyn
en Harvard, en 1978. La visión que tenía el pensador –y visto
lo visto, profeta– sobre Occidente era demoledora. No se atisbaba todavía
la Caída del Muro
once años después, pero ya Solženicyn veía los problemas de
nuestra civilización. Y coincido con él en que la solución existe y es única:
Nadie, en
todo el mundo, tiene más salida que hacia un solo lado: hacia arriba.
Os dejo como lectura
dominical una selección de párrafos del discurso «Un mundo dividido en pedazos», seguro que los
encontraréis muy actuales.
«Un mundo dividido en pedazos» por A. Solženicyn
[…]
El declive de la valentía
La merma de coraje puede
ser la característica más sobresaliente que un observador imparcial nota en
Occidente en nuestros días. El
mundo Occidental ha perdido en su vida civil el coraje, tanto global como
individualmente, en cada país, en cada gobierno, cada partido político y por
supuesto en las Naciones Unidas. Tal descenso de la valentía se
nota particularmente en las élites gobernantes e intelectuales y causa una
impresión de cobardía en toda la sociedad. Desde luego, existen muchos
individuos valientes pero no tienen suficiente influencia en la vida pública.
Burócratas, políticos e intelectuales muestran esta depresión, esta pasividad y
esta perplejidad en sus acciones, en sus declaraciones y más aún en sus
autojustificaciones tendientes a demostrar cuán realista, razonable,
inteligente y hasta moralmente justificable resulta fundamentar políticas de
Estado sobre la debilidad y la cobardía. Y este declive de la valentía es
acentuado irónicamente por las explosiones ocasionales de cólera e
inflexibilidad de parte de los mismos funcionarios cuando tienen que tratar con
gobiernos débiles, con países que carecen de respaldo, o con corrientes
desacreditadas, claramente incapaces de ofrecer resistencia alguna. Pero quedan mudos y paralizados cuando
tienen que vérselas con gobiernos poderosos y fuerzas amenazadoras, con
agresores y con terroristas internacionales.
¿Habrá que señalar que,
desde la más remota antigüedad, la pérdida de coraje ha sido considerada
siempre como el principio del fin?
[…]
Vida legalista
La sociedad occidental
ha elegido para sí misma la organización más adecuada a sus fines, basados,
diría, en la letra de la ley.
Los límites de lo correcto y de los derechos humanos se encuentran determinados
por un sistema de leyes, cuyos límites son muy amplios. La
gente en Occidente ha adquirido una considerable capacidad para usar,
interpretar y manipular la ley (aun cuando estas leyes tienden a ser tan
complicadas que la persona promedio no puede ni comprenderlas sin la ayuda de
un experto). Todo conflicto se resuelve de acuerdo a la letra de la ley y este
procedimiento está considerado como una solución perfecta. Si uno está a
cubierto desde el punto de vista legal, ya nada más es requerido. Nadie
mencionaría que, a pesar de ello, uno podría seguir sin tener razón. Exigir una
autolimitación o una renuncia a estos derechos, convocar al sacrificio y a
asumir riesgos con abnegación, sonaría a algo simplemente absurdo. El
autocontrol voluntario es algo casi desconocido: todo el mundo se afana por
lograr la máxima expansión posible del límite extremo impuesto por los marcos
legales. (Una compañía petrolera es legalmente libre de culpa cuando compra la
patente de un nuevo tipo de energía para prevenir su uso. Un fabricante de un
producto alimenticio es legalmente libre de culpa cuando envenena su producto
para darle más larga vida: después de todo, la gente es libre no comprarlo.)
He pasado toda mi vida
bajo un régimen comunista y les diré que una sociedad carente de un marco legal
objetivo es algo terrible, en efecto. Pero una sociedad sin otra escala que la legal tampoco es
completamente digna del hombre. Pero una sociedad basada sobre
los códigos de la ley, y que nunca llega a algo más elevado, pierde la
oportunidad de aprovechar a pleno todo el rango completo de las posibilidades
humanas. Un código legal es algo demasiado frío y formal como para poder tener
una influencia beneficiosa sobre la sociedad. Siempre que el fino tejido de la
vida se teje de relaciones juridicistas, se crea una atmósfera de mediocridad
moral, que paraliza los impulsos más nobles del hombre.
Y será simplemente
imposible enfrentar los conflictos de este amenazante siglo con tan sólo el
respaldo de una estructura legalista.
La orientación de la libertad
La sociedad occidental
actual nos ha hecho ver la diferencia que hay entre una libertad para las
buenas acciones y la libertad para las malas. Un estadista que quiera lograr algo
importante y altamente constructivo para su país está obligado a moverse con
mucha cautela y hasta con timidez. Miles de apresurados (e
irresponsables) críticos estarán pendiente de él. Constantemente será desairado
por el parlamento y por la prensa. Tendrá que demostrar que cada uno de sus
pasos está bien fundamentado y es absolutamente impecable. El resultado final
es que una gran persona, auténticamente extraordinaria, no tiene ninguna
posibilidad de imponerse. Se le pondrán docenas de trampas desde el mismo
inicio. Y de esta manera la mediocridad
En todas partes es
posible, y hasta fácil, socavar el poder administrativo. De hecho, este poder
ha sido drásticamente debilitado en todos los países occidentales. La defensa
de los derechos individuales ha alcanzado tales extremos que deja a la sociedad
totalmente indefensa contra ciertos individuos. Es hora, en Occidente, de defender no
tanto los derechos humanos sino las obligaciones humanas.
Por el otro lado, a la
libertad destructiva e irresponsable se le ha concedido un espacio
ilimitado. La
sociedad ha demostrado tener escasas defensas contra el abismo de la decadencia
humana; por ejemplo, contra el abuso de la libertad que conduce a la violencia
moral contra los jóvenes bajo la forma de películas repletas de pornografía,
crimen y horror. Todo esto es considerado como parte
integrante de la libertad, y se asume que está teóricamente equilibrado por el
derecho de los jóvenes a no mirar y a no aceptar. De este modo, la vida
organizada en forma legalista demuestra su incapacidad para defenderse de la
corrosión de lo perverso.
¿Y qué podemos decir de
los oscuros ámbitos de la criminalidad? Los límites legales (especialmente en
los Estados Unidos) son lo suficientemente amplios como para alentar no sólo la
libertad individual sino también el abuso de esta libertad. El culpable puede
terminar sin castigo, o bien obtener una compasión inmerecida, todo ello con el
apoyo de miles de defensores en la sociedad. Cuando un gobierno seriamente se
pone a erradicar la subversión, la opinión pública inmediatamente lo acusa de
violar los derechos civiles de los terroristas. Hay una buena cantidad de estos
casos.
El sesgo de la libertad
hacia el mal se ha producido en forma gradual, pero evidentemente emana de un
concepto humanista y benevolente según el cual el ser humano — el rey de la
creación — no es portador de ningún mal intrínseco y todos los defectos de la
vida resultan causados por sistemas sociales descarriados que, por
consiguiente, deben ser corregidos. Sin embargo y extrañamente, a pesar de que
las mejores condiciones sociales han sido logradas en Occidente, sigue
subsistiendo una buena cantidad de crímenes; incluso hay considerablemente más
criminalidad en Occidente que en la pauperizada y legalmente arbitraria
sociedad soviética. (Es cierto que hay una multitud de prisioneros en nuestros
campos de concentración acusados de ser criminales, pero la mayoría de ellos
jamás cometió crimen alguno. Simplemente trataron de defenderse de un Estado
ilegal que recurría al terror fuera de un marco jurídico).
La orientación de la prensa
La prensa, por supuesto,
goza de la más amplia libertad. (Voy a usar el término «prensa» para referirme
a todos los medios de difusión masiva.) Pero ¿cómo utiliza esta libertad?
Aquí, otra vez, la
suprema preocupación es no infringir el marco legal. No existe una auténtica
responsabilidad moral por la distorsión o la desproporción. ¿Qué clase de
responsabilidad tiene el periodista de un diario frente a sus lectores o frente
a la historia? Cuando se
ha llevado a la opinión pública hacia carriles equivocados mediante información
inexacta o conclusiones erradas ¿conocemos algún caso en que el mismo
periodista o el mismo diario lo hayan reconocido pidiendo disculpas
públicamente? No. Eso perjudicaría las ventas. Una nación
podrá sufrir las peores consecuencias por un error semejante, pero el
periodista siempre saldrá impune. Lo más probable es que, con renovado aplomo,
sólo empezará a escribir exactamente lo contrario de lo que dijo antes.
Dado que se exige una
información instantánea y creíble, se hace necesario recurrir a presunciones,
rumores y suposiciones para rellenar los huecos; y ninguno de ellos será
desmentido. Quedarán asentados en la memoria del lector. ¿Cuántos juicios apresurados,
inmaduros, superficiales y engañosos se expresan todos los días, primero
confundiendo a los lectores y luego dejándolos colgados? La
prensa puede, o bien asumir el papel de la opinión pública, o bien puede
pervertirla. De este modo podemos tener a terroristas glorificados como héroes;
o bien ver cómo asuntos secretos pertenecientes a la defensa nacional resultan
públicamente revelados; o podemos ser testigos de la desvergonzada violación de
la privacidad de personas famosas bajo el eslogan de «todo el mundo tiene
derecho a saberlo todo». (Aunque éste es el falso eslogan de una falsa era. De
un valor muy superior es el desacreditado derecho de las personas a no saber;
que no se abarroten sus divinas almas con chismes, estupideces y habladurías
vanas. Una persona que trabaja y que lleva una vida plena de sentido, no tiene
ninguna necesidad de este excesivo y sofocante flujo de información.)
Precipitación y
superficialidad son la enfermedad psíquica del vigésimo siglo y más que en
cualquier otro lugar esta enfermedad se refleja en la prensa. El análisis
profundo de un problema es anatema para la prensa. Se queda en fórmulas
sensacionalistas.
Sin embargo, así como
está dispuesta, la prensa se ha convertido en el mayor poder dentro de los
países occidentales, excediendo el de las legislaturas, los ejecutivos y los
judiciales Entonces, uno quisiera preguntar: ¿en virtud de qué norma ha sido
elegida y ante quién es responsable? En el Este comunista, a un periodista abiertamente se lo
designa como funcionario del Estado. Pero ¿quién ha elegido a los periodistas
occidentales que ocupan esta posición de poder, y por cuanto tiempo, y con qué
prerrogativas?
Existe todavía otra
sorpresa para alguien que viene del Este totalitario con su prensa
rigurosamente unificada. Uno descubre una común tendencia de preferencias
dentro de la generalidad de la prensa occidental (el espíritu de la época),
modelos de juicio generalmente aceptados, y quizás hasta intereses corporativos
comunes, con lo que el efecto resultante no es el de la competencia sino el de
la unificación. Existe una libertad irrestricta para la prensa, pero no para
los lectores, porque los diarios transmiten mayormente, de un modo forzado y
sistemático, aquellas opiniones que no se contradicen en forma demasiado abierta
con su propia opinión y con la tendencia general mencionada.
Una moda en el pensamiento
Sin ninguna censura en
Occidente, las tendencias de moda en el pensamiento y en las ideas resultan
fastidiosamente separadas de aquellas que no están de moda y estas últimas, sin
llegar a ser jamás prohibidas, tienen muy escasas posibilidades de verse
reflejadas en periódicos y libros, o de ser escuchadas en universidades. Vuestros académicos son libres en un
sentido legal, pero están acorralados por la moda del capricho predominante. No
existe la violencia explícita del Este; pero una selección impuesta por la moda
y por la necesidad de acomodarse a las normas masivas, frecuentemente impide
que las personas con mayor independencia de criterio contribuyan a la vida
pública. Hay una peligrosa tendencia a formar una manada,
apagando las iniciativas exitosas. En los Estados Unidos he recibido cartas de
personas altamente inteligentes — como, por ejemplo, el maestro de un pequeño
colegio lejano- que hubiera podido hacer mucho por la renovación y salvación de
su país, pero su país no pudo escucharlo porque los medios no le ofrecían un
foro adecuado. Esto da lugar a fuertes prejuicios masivos, a una ceguera que es
peligrosa en nuestra dinámica era. Un ejemplo de ello es la interpretación
autocomplaciente del estado de cosas en el mundo contemporáneo que funciona
como una especie de armadura puesta alrededor de la mente de las personas, a
punto tal que las voces humanas de diecisiete países de Europa Oriental y del
Lejano Oriente asiático no pueden perforarla. Sólo se terminará rompiendo por
la inexorable palanca de los acontecimientos.
He mencionado algunos
pocos rasgos de la vida occidental que sorprenden y asombran a un recién
llegado a este mundo. El propósito y los alcances de esta disertación me
impiden continuar con este examen, particularmente en lo relacionado con el
impacto que estas características tienen sobre importantes aspectos de la vida
de una nación, tales como la educación, tanto la elemental como la avanzada en
artes y humanidades.
[…]
No es un modelo
Pero si alguien me
preguntara, en cambio, si yo propondría a Occidente, tal como es en la
actualidad, como modelo para mi país, francamente respondería en forma
negativa. No. No recomendaría vuestra sociedad como un ideal para la
transformación de la nuestra. A través de profundos sufrimientos, las personas
en nuestro país han tenido un desarrollo espiritual de tal intensidad que el
sistema occidental, en su presente estado de agotamiento, ya no aparece como atractivo.
Incluso las características de vuestra vida que acabo de enumerar resultan
extremadamente entristecedoras.
Un hecho que no puede
ser cuestionado es el debilitamiento de la personalidad humana en Occidente
mientras que en el Este esa personalidad se ha vuelto más firme y más fuerte.
Seis décadas para nuestra gente y tres décadas para la de Europa Oriental;
durante todo este tiempo hemos pasado por un entrenamiento espiritual que
aventaja, de lejos, a lo experimentado por Occidente. La compleja y mortal
presión de la vida cotidiana ha producido personalidades más fuertes, más
profundas y más interesantes que las generadas por el bienestar estandardizado
de Occidente. Por lo tanto, si nuestra sociedad hubiese de ser transformada en
la vuestra, ello significaría una mejora en determinados aspectos, pero también
un empeoramiento en algunos puntos particularmente significativos. Por
supuesto, una sociedad no puede permanecer indefinidamente en un abismo de
arbitrariedad legal como es el caso en nuestro país. Pero también le resultará
denigrante elegir la automática suavidad legalista, como es vuestro caso. Después de décadas de sufrimiento,
violencia y opresión, el alma humana anhela cosas más altas, más cálidas y más
puras que las ofrecidas por los hábitos de convivencia masiva introducidos por
la invasión repugnante de la publicidad, el aturdimiento televisivo y la música
insoportable.
Todo esto es visible
para numerosos observadores de todos los mundos de nuestro planeta. Resulta
cada vez menos probable que el estilo de vida occidental se convierta en el
modelo a seguir.
Hay advertencias
significativas de la historia para una sociedad amenazada de muerte. Tal es,
por ejemplo, la decadencia del arte, o la carencia de grandes estadistas. Hay
otras advertencias abiertas y evidentes, también. El centro de su democracia y
de su cultura se lesiona tan sólo por la ausencia de energía eléctrica por
algunas horas, pues repentinamente muchedumbres de ciudadanos americanos
comienza a saquear y a causar estrago. La capa superficial de protección debe
ser muy delgada, lo que indica que el sistema social resulta inestable y
malsano.
Pero la lucha por
nuestro planeta, en lo físico y en lo espiritual, esa lucha de proporciones
cósmicas no es una vaga cuestión del futuro. Ya ha comenzado. Las fuerzas del
mal ya han lanzado su ofensiva decisiva. Podríais sentir su presión pero
vuestros monitores y vuestras publicaciones todavía están llenas de las
obligatorias sonrisas y de los brindis con los vasos en alto. ¿A qué viene tanta
alegría?
Un parentesco inesperado
En la medida en que el
humanismo en su desarrollo se fue volviendo más y más materialista,
progresivamente permitió conceptos que resultaron utilizados por el socialismo
primero y por el comunismo después. De este modo, Carlos Marx pudo decir, en
1844, que el «comunismo es humanismo naturalizado».
Esta afirmación no es
enteramente irracional. Uno puede detectar las mismas piedras fundamentales de
un humanismo erosionado en cualquier tipo de socialismo: materialismo
ilimitado; liberación de la religión y de la responsabilidad religiosa (algo
que en los regímenes comunistas llega al estadio de la dictadura
antirreligiosa); concentración de las estructuras sociales bajo un criterio
supuestamente científico. (Esto último es típico tanto de la Ilustración como del
marxismo). No es
ninguna casualidad que las grandes promesas retóricas del comunismo giren
alrededor del Hombre (con «H» mayúscula) y su felicidad terrenal. A
primera vista parece un feo paralelismo: ¿Tendencias comunes en el pensamiento
y en el estilo de vida del Occidente y del Este actuales? Pero ésa es la lógica
del desarrollo materialista.
Más aún, la
interrelación es tal que la corriente materialista que está más hacia la
izquierda, siendo que de este modo es la más consistente, siempre demuestra ser
la más fuerte, la más atractiva y victoriosa. El humanismo ha perdido su
herencia cristiana y no puede prevalecer en esta competencia. De esta forma,
durante los siglos pasados, y especialmente durante las décadas recientes, a
medida en que el proceso se fue volviendo más agudo, el alineamiento de las
fuerzas fue como sigue: el liberalismo resultó inevitablemente desplazado por
el extremismo; el extremismo tuvo que rendirse ante el socialismo y el
socialismo no pudo resistirse al comunismo.
El régimen comunista en
el Este ha podido perdurar y crecer gracias al entusiasta apoyo de un enorme
número de intelectuales occidentales quienes (¡sintiendo el parentesco!) se
negaron a ver los crímenes de los comunistas y, cuando ya no pudieron seguir
negándolos, intentaron justificarlos. El problema persiste: en nuestros
Estados del Este el comunismo ha sufrido una derrota ideológica total; su
prestigio es cero y aun menos que cero. Y a pesar de eso los intelectuales
occidentales todavía lo miran con considerable interés y afinidad, siendo que
es precisamente esto lo que le hace tan inmensamente difícil a Occidente el
resistirse ante el Este.
Antes del cambio
No voy a examinar el
caso de un desastre producido por una guerra mundial y los cambios que
produciría en la sociedad. Mientras nos despertemos todas las mañanas bajo un
pacífico sol, tendremos que llevar una vida cotidiana. Pero hay un desastre que
ya está muy entre nosotros. Estoy refiriéndome a la calamidad de una conciencia
desespiritualizada y de un humanismo irreligioso.
Este criterio ha hecho
del hombre la medida de todas las cosas que existen sobre la tierra; ese mismo
ser humano imperfecto que nunca está libre de jactancia, egoísmo, envidia,
vanidad y toda una docena de otros defectos. Estamos ahora pagando por los
errores que no fueron apropiadamente evaluados al inicio de la jornada. Por el
camino del Renacimiento hasta nuestros días hemos enriquecido nuestra
experiencia pero hemos perdido el concepto de una Entidad Suprema Completa que
solía limitar nuestras pasiones y nuestra irresponsabilidad.
Hemos puesto demasiadas
esperanzas en la política y en las reformas sociales, sólo para descubrir que
terminamos despojados de nuestra posesión más preciada: nuestra vida
espiritual, que está siendo pisoteada por la jauría partidaria en el Este y por
la jauría comercial en Occidente. Esta es la esencia de la crisis: la escisión del mundo es
menos aterradora que la similitud de la enfermedad que ataca a sus miembros
principales.
Si, como pretende el
humanismo, el ser humano naciese solamente para ser feliz, no nacería para
morir. Desde el momento en que su cuerpo está condenado a muerte, su misión
sobre la tierra evidentemente debe ser más espiritual y no sólo disfrutar
incontrolablemente de la vida diaria; no la búsqueda de las mejores formas de
obtener bienes materiales y su despreocupado consumo. Tiene que ser el
cumplimiento de un serio y permanente deber, de modo tal que el paso de uno por
la vida se convierta, por sobre todo, en una experiencia de crecimiento moral.
Para dejar la vida siendo un ser humano mejor que el que entró en ella.
Es imperativo
reconsiderar la escala de los valores humanos usuales; su presente
tergiversación es pasmosa. No es posible que la evaluación del desempeño de un
Presidente se reduzca a la cuestión de cuanta plata uno gana o a la
disponibilidad de gasolina. Solamente alimentando voluntariamente en nosotros
mismos un autocontrol sereno y libremente aceptado puede la humanidad erguirse
por sobre la tendencia mundial al materialismo.
Hoy sería retrógrado
aferrarnos a las petrificadas fórmulas de la Ilustración. Un dogmatismo social
de esa especie nos deja inermes frente a los desafíos de nuestros tiempos.
Aún si nos libramos de
la destrucción por la guerra, la vida tendrá que cambiar bajo pena de perecer
por sí misma. No podemos evitar una reevaluación de las definiciones
fundamentales de la vida y de la sociedad. ¿Es cierto que el ser humano está
por encima de todas las cosas? ¿No hay un Espíritu Superior por encima de él?
¿Está bien que la vida de una persona y las actividades de una sociedad estén
guiadas sobre todo por una expansión material? ¿Es permisible promover esa
expansión a costa de la integridad de nuestra vida espiritual?
Si el mundo no se ha
acercado a su fin, al menos ha arribado a una importante divisoria de aguas en
la Historia, igual en importancia al paso de la Edad Media al Renacimiento.
Demandará de nosotros un fuego espiritual. Tendremos que alzarnos a la altura
de una nueva visión, un nuevo nivel de vida, dónde nuestra naturaleza física no
será anatematizada como en la Edad Media, pero, más centralmente aún, nuestro
ser espiritual no será pisoteado como en la Edad Moderna.
La ascensión es similar
a un escalamiento hacia la próxima etapa antropológica. Nadie, en todo el
mundo, tiene más salida que hacia un solo lado: hacia arriba.
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