Por
Fernando Iglesias.
Hemos
visto a la Presidente derrapar interminablemente en innumerables cadenas
nacionales, pero lo de la última excede con mucho el límite de lo aceptable en
un país que aún pretende ser una república democrática.
En un
monólogo logorreico que no por ser grabado alcanzó un mínimo de racionalidad,
la Presidente arrasó con casi todos los fundamentos de una sociedad regida por
la ley y el Estado de derecho, sugiriendo líneas de investigación a la
Justicia, usando la cadena nacional para defenderse ella misma de la denuncia
efectuada por Nisman, afirmando sin pruebas que el fiscal asesinado no había
sido el autor de su propia denuncia y que la misma había sido presentada de
apuro para aprovechar "la conmoción por los sucesos de París" y
acusando a un ciudadano, Lagomarsino, sobre la base de que su hermano trabaja
en el área de sistemas informáticos de un estudio jurídico que tiene como uno
de sus clientes a Clarín.
Tampoco
se privó de hacer insinuaciones sobre la relación entre Nisman y Lagomarsino
("de su íntima confianza, de su íntima amistad, que concurría asiduamente
a su departamento según pudimos saber") ni de negar haber afirmado que se
trataba de un suicidio cuando pocas horas después de la aparición del cadáver
había escrito en su Facebook "¿Qué fue lo que llevó a una persona a tomar
la terrible decisión de quitarse la vida?".
Lejos de
asumir su papel de jefa de Estado de un Gobierno que con el relato de la
reconstrucción del rol del Estado viene aburriendo desde hace once años,
Cristina volvió a confirmarnos que es incapaz de hacerse cargo de nada. Su
memorable fallido ("No se puede seguir manejando a la República Argentina
de esta manera") repite la habitual estrategia peronista de concentrar el
poder mientras se alega impotencia y de gritar al complot destituyente cuando
se es parte del único partido que los ha llevado a cabo con éxito, en 1989 y
2001.
Lamentablemente
para la Señora Kirchner, la realidad es inocultable: era ella la responsable de
la seguridad de Nisman y el eslabón en que terminaba la cadena de mando de su
custodia; fueron ella y su marido quienes utilizaron por años los servicios de
inteligencia para apretar opositores y miembros de la Justicia, Nisman
incluido; y fue
ella personalmente quien manejó la Secretaría de Inteligencia con la ineptitud
que la caracteriza hasta llevarla al actual descontrol. Aún más, debió haber
sido ella la que se condoliera con la familia del fiscal y decretado un día de
duelo, así como era su obligación ofrecer respuestas y garantías de seguridad y
justicia a los ciudadanos, los funcionarios del Poder Judicial, los periodistas
y los miembros de la oposición, en vez de insultarnos.
Para no
mencionar las tomaduras de pelo presidenciales, según las cuales a Nisman no lo
designó Kirchner sino un señor llamado Eduardo Ezequiel Casal; la
autofelicitación cristinista por el insólito hecho de que el Estado terrorista
de Irán, cuyos funcionarios han escapado de la Justicia argentina por décadas,
"estén dispuestos por primera vez a discutir" (a discutir ¿qué?, ¿su
propio veredicto?); o su queja sobre que nunca se hicieron tantas denuncias
contra un presidente de la Nación como contra ella, como si la abundancia de
denuncias no estuviera directamente relacionado con los niveles de corrupción
existentes.
Un
calificado menú de delirios, bien completado por el fantasioso giro que fue
desde "Miren al Norte" a "...un hombre insospechado de cualquier
vinculación con el terrorismo por haber sido Jefe del Servicio Secreto de los
Estados Unidos"; por la supresión del habitual escritorio para facilitar
la visibilización de la silla de ruedas; por la asombrosa suposición de que la
Ministra de Seguridad que le estaba informando de la muerte de Nisman podía
estar haciéndole una broma a las 0.30 horas ("¿María Cecilia, vos me estás
tomando el pelo o me estás hablando en serio?") o la repetición de la
tradicional acusación peronista de "traidores a la Patria", usada
hasta al hartazgo por el kirchnerismo hasta ahora, que se les volvió en contra.
En cuanto
al país, hemos llegado a un punto de inflexión. Resta por ver si cambiamos hacia
arriba o aceleramos la caída. La República todavía es posible, pero agoniza. Sin
convocatoria de la oposición a movilizarse ni pedido conjunto de juicio
político a la Presidente que deje a sus cómplices en evidencia, los médicos no
son optimistas. Menos mal que gobiernan los peronistas, únicos capaces de
manejar la Argentina según la leyenda que han sabido instalar a pesar de que en
estos últimos veinticinco años de gobierno casi ininterrumpido del PJ las cosas
se les hayan ido de las manos.
Lo que no
deja de sorprender es que después de once años de kirchnerismo y de usar los
servicios de inteligencia para apretar e intimidar, quieran dejar antes de irse
una SIDE camporista bien armada, con autoridades designadas por los cuatro años
que durará el próximo gobierno y transferencia del sistema de escuchas al
Ministerio Público Fiscal; es decir: a Gils Carbó. Si hasta tienen el nombre:
AFI (Agencia Federal de Investigaciones), porque -como Cristina dijo y todos
sabemos- el cambio de nombre de SIDE a SI no modificó nada pero el pasaje de SI
a AFI obrará maravillas. Así que no hay que ofuscarse: tenemos Patria. Lo
que no tenemos es Justicia, Libertad, República, energía, infraestructura,
salud, educación, ni aparato productivo. En la vida hay que elegir.
Del fin
de ciclo al desmadre. Otra vez. Con La Cámpora en el rol de Cámpora y Cristina
como Isabel. De todas maneras, no es necesario preocuparse ya que en pocos
meses nos rescatarán Sergio Massa y los peronistas buenos, o Daniel Scioli y la
banda de los kirchneristas dubitativos. Vaya uno a saber.
"A
mí no van a extorsionar ni intimidar. Yo no les tengo miedo" dice,
mientras tanto, la jefa de Estado. Desde luego, señora Presidente. Los que
tenemos miedo somos nosotros.
Fuente:
Infobae
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