La declaración de La Gran Mezquita de París
condena "el ataque terrorista de violencia excepcional contra la revista
Charlie Hebdo", considerándolo "un acto de barbarie de extrema
gravedad y un ataque contra la democracia y la libertad de prensa".
Precisamente, el comunicado de la Gran
Mezquita de París remarca un punto fundamental: el asesinato de doce personas
no es sólo un ataque a individuos y a la libertad de prensa: es un ataque a la
democracia misma. Y, en el siglo XXI, la amenaza del terrorismo islámico a la
democracia no es un suceso aislado.
Hace falta vivir de manera intensa nuestra forma
de gobierno, asumiendo que la democracia es una causa que puede llegar a
desaparecer. Por eso hay que expresarse y movilizarse intensamente en su
defensa. Siempre existe la tentación de cerrarse sobre intereses particulares,
pero es momento de defender los valores básicos de la democracia como la gran
causa colectiva que nos permite vivir en comunidad y de la que son partes no
negociables la libertad religiosa y las libertades de asociación, movimiento,
expresión, disenso y crítica.
Ahí están expresados algunos de los valores más
enaltecedores de lo humano. Los ladrillos básicos no sólo de la convivencia en
diferencia, sino de la fraternidad en diferencia, que no pertenecen a ninguna
religión y que por ende pertenecen a todas.
Es esperanzador que el miércoles los franceses
hayan colmado las calles de su país no bajo las temidas consignas islamofóbicas
sino bajo la bandera de la defensa de la libertad de expresión. Es un gran
ejemplo de la intensidad democrática que representa la mejor respuesta ante
estos brutales acontecimientos. Si no lo hacemos, si no enarbolamos la causa
democrática, corremos el peligro de cumplir con la profecía del poeta irlandés William
Butler Yeats en su poema "La segunda venida":
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