¿Hace falta decir que resulta imprescindible?
No sólo lo exigen el creciente calentamiento global, la
imparable polución, el necesario y saludable saneamiento ambiental y la
preservación del planeta.
Nuestra salud moral, tanto la individual como la de la familia,
la de la sociedad a la que pertenecemos, la de nuestros congéneres, la del
colectivo sano, a la vez imaginario y real que nos rodea y al cual nos
integramos, con mayores o menores oportunidades y posibilidades. En fin, todos,
con excepción de los corruptos deleznables, necesitamos imperiosamente, separar
la basura.
¿Cómo no va a ser necesario ante tanta podredumbre diseminada
por doquier?
¿Cómo no nos va a resultar crucial, ante esta sensación de ahogo
que nos invade cada vez que sentimos la profunda y paralizante impotencia de
vivir en una sociedad en la que casi nunca gana el Hombre Araña?
Una sociedad conquistada a fuerza de populismo, en la que
Superman, enormemente debilitado por la invasora kriptonita de la inmoralidad y
la corrupción frustrante, no puede ni volar, ni levantar una figurita Starosta
del suelo.
Una sociedad en la que los buenos siempre pierden y donde los
súper héroes murieron junto con El Tony, el D'artagnan y el Rayo Rojo.
Una sociedad repleta de pústulas rebosantes de amarillento pus,
siempre a punto de estallar, hinchadas cual enormes forúnculos maduros, en los
que ya no es necesaria el agua de alibour, ni la hoja de Palam Palam con unto
sin sal, ni las cataplasmas calientes.
Un país poblado de esos forúnculos de punta amarillenta, que
explotan casi sistemáticamente, uno tras otro, dejándonos la horripilante
sensación de estar indefensos y condenados al asco de vivir entre la mierda,
rodeados de mierda y dominados por ella, sumergidos en la insondable chatura
moral de soportar con estoicismo filosófico el silicio brutal de convivir entre
gente que habla, hiede, tiene la misma textura y sabe, a "mierda".
Gente de mierda, sí. Que posee el raro y especial privilegio de
convertir en caca todo lo que toca, todo lo que hace, todo lo que dice y
piensa.
Furgones atmosféricos con dos patas, algunas convenientemente
depiladas y con cavado profundo. Otras con trajinados caminos por la
delincuencia y con jugosos y colmados prontuarios de "actos heroicos",
siempre con capuchas y a traición.
Este último fin de semana ha sido más que útil y fecundo para
comprender que debemos, urgentemente, separar la basura.
¡Hemos visto y escuchado tanta basura en estos tristes e
ignominiosos días!
Ver esa mesa de impresentables, de conocidas y repugnantes
caras, convirtiendo victimas en victimarios, intentando torcer la realidad
palmaria, con denigrantes especulaciones, para continuar con la demoledora
tarea de desprestigiar, bastardear y agredir a la última víctima de la verdad,
constituyó el baldazo final de aguas negras, adornadas con abundantes y
resbalosos teresos, blandos ya de pura putrefacción. Gelatinosos sorulos con
forma de media luna y rectos maraños, despedidos contra natura por pútridas bocas
de comedores rectificados, convertidas mágicamente en podridas cloacas
olorosas.
Asistir impertérritos a esa galería de impresentables
lenguaraces, nacionales y extranjeros, parloteando sin cesar sobre supuestos
"derechos humanos", persecuciones incansables de "la verdad y la
justicia" y pedidos de "transparencia", mientras embadurnaban
con aquello que sale de sus asquerosas bocas a la víctima, sin que se les
caigan los calzones y las bombachas de vergüenza, mientras varios de los que
servían de marco impresentable son conocidos y contumaces asesinos del pasado,
devenidos, por obra y gracia del acomodaticio relato, en "democráticos
señores" y "republicanas señoras", colma la capacidad de
tolerancia de este pueblo que parece estar condenado a vivir sumergido en esa
mierda pringosa, por el resto de su existencia.
Escucharlos hablar con frases veladas y supuestas suspicacias,
sobre tortuosas explicaciones conspirativas de tenebrosas corporaciones
poderosas, cuando desde hace más de once años, hacen lo que se les antoja y
cómo se les antoja, revela hasta al más aplomado y calmo de los ciudadanos de
esta sufriente sociedad.
Escucharlos sembrar las más sucias dudas, y azarosas teorías
sobre cuáles serían supuestamente las razones o quienes habrían instigado a la
víctima para que adoptara tamaña resolución, extrayéndose inmoralmente de la
escena, como si no hubiesen tenido nada que ver, hacen revivir la nausea y las
arcadas nuestras de cada día.
¿Haría falta explicar de qué manera se podría lograr que un
hombre, a punto de develar el resultado del trabajo que lo tuvo ocupado durante
muchos años, en posesión de datos y pruebas que tienen una contundencia y una
seriedad que abruma, se quite la vida pocas horas antes de su momento de
gloria?
¿Hace falta ser muy "novelero" para imaginar que pueda
existir alguien, algunos o algo, que posean los medios y la impunidad necesaria,
para disfrazar un asesinato haciéndolo aparecer como un suicidio?
¿Usted duda?
Yo le recomiendo a Tom Clancy, Michael Crichton, Ken Follet,
James Patherson, J.C. Pollock, Phillip Margolin, Glen Meade, Joseph Conrad,
John Le Carré, John Katzembacht, Dean Koonzt, Frederick Forsit, Dominique
Lapierre, Alberto Laiseca, Agatha Cristie , Martha Barboza, por nombrar sólo a
algunos de los más conocidos.
Comprobará usted que la delgada línea que separa la ficción de
la realidad, a veces se diluye de tal manera que aparece como invisible.
Si no le agrada la ficción, recorra las crónicas policiales
sobre Yabrán, lea las noticias del supuesto "suicidio a contramano"
del Brigadier Etchegoyen, acuérdese de Julio López, evoque a Nora Dalmaso o a
Cattaneo.
Si en países donde los estamentos policiales funcionan bajo
repetidos controles y con probada eficiencia, es posible vender gato por
liebre, ¿Se imagina en este aquelarre donde usted ya no distingue a un cana
verdadero del chorro que lo viene a matar?
Este eterno carnaval titiritero en el que vivimos, en el que en
lugar de jugar con agua y lanza perfumes, jugamos fatalmente con balas de
plomo, nos ha hecho dejar de percibir quién se viste con el traje de la
realidad y quién vive disfrazado de "fantasía" intermitente.
Así es como confundimos todo y colaboramos, idiotas útiles
necesarios en las maquinaciones de quienes han tomado el estado por asalto, en
este caldo de aquelarre permanente que nos hace ver todo nublado y en el que
confundimos la mierda más pura y hedionda con el dulce de leche repostero con
que nos decoran la torta incomible.
Ya nos tragamos cualquier zapo de charco infame y, de seguir así
estaremos en condiciones de manducarnos de un saque y sin pestañear, el Cururú
enorme, grande como un posa platos, con sus asquerosas verrugas y todo.
¿Cree que exagero?
Lea a Francisco: "La corrupción no está cerrada en sí
misma; va y mata..."
Sólo me resta decirle que, desde esta esquina mistonga y feroz
del Balvanera inolvidable, pintado genialmente por aquel bardo ciego e
insuperable, yo no dije "Je suis Charlie".
No sólo porque creo que mi libertad, como el alambrado de mi
terreno, debe llegar hasta donde empieza la del vecino, sino además porque
bastante tengo con las pústulas propias, como para colocarle compresas
calientes a las lejanas y ajenas.
Pero ahora sí... yo lo grito de voz en cuello:
¡Yo Soy Nisman!
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