…cada expresión o movimiento de la administración resulte
sospechoso. ¿Dónde estaban los custodios cuando se produjo la muerte del
fiscal? ¿Por qué la madre se enteró de la desgracia antes que la procuradora
Alejandra Gils Carbó o el juez de turno? ¿Por qué se enfatizó que la puerta
estaba cerrada, con una llave desde adentro si tenía una cerradura digital que
se podría abrir con una clave? ¿Por qué el subsecretario Sergio Berni pasó
varias horas en el departamento de Le Parc? ¿Por qué llegó antes que la propia
fiscal que investiga la muerte, cuando ella aclaró que no lo convocó? ¿Por qué
los funcionarios se apresuraron a sostener la tesis del suicidio sin esperar a
que hubiera pruebas? ¿Es prueba suficiente la autopsia para descartar un
asesinato? Estas preguntas, que dominaban ayer la percepción de los hechos,
permiten calibrar el nivel de suspicacia que rodea a la muerte del fiscal.
Hay una dimensión de la tragedia que vuelve más espesa la
interpretación. Nisman muere envuelto en una trama en la que el indescifrable
mundo del espionaje es el principal protagonista.
La política argentina no se limita a dirimir la
representación. Primero comenzó a estar en juego la libertad. Desde ayer
compromete la vida. Da lo mismo que sea por suicidio o por asesinato. Desde
hace años empezó a ser previsible que la forma primitiva de resolver las
diferencias, conectaría la vida pública con la muerte. Nisman no es un cisne
negro. Es un cisne blanco.
La desaparición del fiscal condensa el desprestigio de la
embestida oficialista sobre el Poder Judicial y el descalabro de los organismos
de inteligencia. Dos fenómenos cuyo efecto sobre la sociedad es conocido:
producen desasosiego. La democracia argentina es una democracia con miedo, lo
que la vuelve menos democracia.
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