El fanático es militante, una de las palabras más
desagradables del diccionario porque en primer término es impropio para el
mundo civil y también para las fuerzas armadas ya que allí se trata de
militares no de militantes. El término en cuestión deriva de militar y claro
que, en ese sentido, el militante procede conforme a las órdenes que recibe del
vértice, es verticalista y es una pieza que se mueve en el contexto de la
obediencia debida. A su vez, los jefes totalitarios son fanáticos, son términos
correlativos y consustanciales al mesianismo, el megalómano es necesariamente
un fanático en su obsesión de manejar vidas y haciendas ajenas.
…el fanático tiende a subsumirse en lo colectivo, en los
movimientos masivos, porque coloca la posibilidad de cambio fuera de su
control, en las manos del líder, se traduce en “la total rendición del yo”.
Hoffer ejemplifica no solo con los fanáticos religiosos sino en espesas y
purulentas categorías cerradas y terminadas a las que se debe obedecer a pie
juntillas como son los casos del nacional-socialismo y el comunismo y también
los ateos militantes que operan “como si se tratara de una nueva religión”.
Si se
impone el hombre-masa en el sentido orteguiano la perspectiva es por cierto
lúgubre, pues según el mismo pensador “La espontaneidad social quedará
violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva
simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado, el
hombre para la máquina del Gobierno”.
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