Todas las religiones tienen la
tentación del fanatismo cruel. El mundo no apareció de un día para el otro con
un cristianismo cual paloma de la paz caminante y el islamismo como el único
violento. El cristianismo tiene también su historia de violencia. Las guerras
en nombre del cristianismo han sido lamentablemente muchas, el Sacro Imperio no
era igual a Pablo VI, los papas de no mucho tiempo atrás eran jefes de sus
ejércitos que no eran precisamente los turísticos guardias suizos. Católicos y
protestantes se masacraron inmisericordemente durante siglos, con la
venia de sus más altos líderes, y la persecución violenta de cristianos a los
judíos fue algo de lo cual el propio Juan Pablo II tuvo que pedir perdón,
valientemente, en el Muro de los Lamentos.
Pero el Cristianismo, el
judeo-cristianismo, ha tenido su propio proceso de secularización. Iglesia y
estado se han distinguido, la libertad religiosa, el diálogo con los no
cristianos y la justa autonomía de las realidades temporales han sido todas
proclamadas por el Vaticano II de la Iglesia Católica.
Algunos dirán que ello fue falso, que respondió a presiones externas; otros, con la ayuda de Ratzinger,
decimos que no, que fue una evolución que respondió a las mismas premisas
teológicas del cristianismo.
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